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No más buceo para una transguerrera

Hubo un tiempo en el que realmente me gustaba tirarme de cabeza en el agua fría en verano y bucear. A diferencia de otros, no es un gusto que realmente adquiriera durante la infancia, sino que esta práctica se volvió algo relevante en mi temprana vida adulta, cuando empezaba a correr de forma competente.

No era infrecuente que durante el mes de agosto hiciera coincidir el final de mi carrera con el horario en el que mi madre iba a nadar sus dos kilómetros en la piscina del lugar en el que vivíamos. Supongo que en cierto sentido esto constituye uno de los pequeños gestos que construyeron una cercana relación.

Pero en verdad lo que a mí me gustaba era bucear en el mar, descendiendo a donde el agua ya se percibe más fría y la muerte está a un mal hipido de distancia, lo que en verdad siempre fue un placer muy ocasional porque vivía a cuatrocientos kilómetros de la playa más cercana. Curiosamente soy de esas personas que no tienen ningún problema con la arena.

Ya antes de transicionar empecé a perder mucha confianza con aparecer por piscinas. En los periodos en los que algo iba mal, esto tendía a reflejarse a sentirme realmente mal con la posibilidad de que se viera mi cuerpo, así que las pocas veces que iba a la piscina, me sumergía con una de esas camisetas bañador.

Por supuesto, todo esto cambió cuando transicioné. En una existencia en la que la misma gestión de mi identidad es muy dependiente del trato de terceros y de que un reflejo inesperado no me devuelva lo que no quiero ver, mi dependencia de maquillajes, pelucas y vestidos se vuelve bastante incompatible con las actividades bajo el agua.

Así que desde 2022 ya no he vuelto a sentir la agradable sensación de zambullirme de cabeza, ni el genial frescor del agua, ni la ingravidez, ni la poderosa sensación de bucear cincuenta metros y emerger cómodamente.

No lo considero en absoluto un drama. Es un lujo propio de sociedades suficientemente ricas al que he renunciado por una reclamación de mi identidad de género también únicamente posible en sociedades suficientemente avanzadas. Simplemente lo percibo en su conjunto como algo a lo que ya no accedo porque soy un desastre de persona, y queda ahí en mi recuerdo como algo que, de hecho, le ocurrió a otro “yo” que espero que no vuelva.